
Memoria histórica imprescindible:
-Tortura y asesinato de un maestro republicano:
«Le sacaron los ojos, le cortaron los testículos, se los metieron en la boca y le machacaron la cabeza”.
Arximiro Rico, 32 años, maestro rural, moderado y activista de la educación, asesinado por falangistas con la complicidad de un cura.
Arximiro Rico Trabada era un maestro rural convencido de la importancia de llevar la cultura y la educación al pueblo desde la escuela, aunque los fascistas le tildaban de “rojo”. No era un hombre de izquierdas, era un moderado liberal defensor de los valores republicanos y democráticos, un gallego maestro de la República que, aunque daba clases en una escuela lucense de Baleira, visitaba regularmente Montecubeiro, lugar de origen de su madre.
Persona culta, proveniente de una familia humilde, Arximiro era un activista de la cultura y colaborador del pueblo. Además de su labor docente, organizaba la Fiesta del árbol, fundó un coro, montó un grupo de teatro, ayudaba a sanar a los animales, asesoraba a los vecinos a repoblar árboles y fue el impulsor de una biblioteca itinerante. En definitiva, un activista cultural volcado en ayudar a una población rural y aislada en una zona con altos niveles de analfabetismo y atraso secular.
Era creyente, pero quitó el crucifijo de las clases, porque, sin ser ateo, creía en el laicismo. Era un maestro “total”, querido por el pueblo y odiado por una minoría ultraconservadora, entre ellos, el cura. Sentía interés por la política y protagonizó un mitin, el del 14 de abril de 1936 en conmemoración de la II República. Allí, festejando la República, defendió con fuerza la cultura como elemento de desarrollo social.
Con ese bagaje de bonhomía, amor a la educación y a la cultura popular simbolizado en el servicio a la comunidad y en la intensa labor educativa (daba clases desde el día a la noche formando desde bachilleres a maestros por libre), se granjeó el odio de aquellos personajes, poderes fácticos de la zona (curas, falangistas seguidores del dictador nacido en El Ferrol y caciques rurales) en una Galicia en la que no hubo combates bélicos durante la Guerra Civil, pero sí existieron las viles delaciones, cobardes denuncias y vendettas que terminaron segando la vida de personas buenas por el simple hecho de tener los principios de Arximiro.

*La noche de su cruel y sádico asesinato
Y así llegó su fatídico día. Fue una noche de octubre de 1937, cuando una partida de falangistas llegó a su casa de San Bernabel, en Baleira, comarca de A Fonsagrada y se lo llevaron atado a la montaña sin atender las súplicas de su madre. El grupo de fascistas de camisa azul se detuvo en una taberna del camino. Mientras bebían, dejaron a Arximiro atado en la puerta con una argolla. Al salir, entre insultos propios de bebedores y asesinos, lo patearon y vejaron ascendiendo, en una especie de Calvario laico y siniestro, hasta la Serra da Ferradura a golpes, y empujones. Lo humillaron hasta el punto de que sus sádicos represores se colocaron sobre su lomo, como si de un burro se tratase, obligándole a llevarlos a cuestas.
*Testículos cortados, ojos arrancados y cabeza destrozada
Una vez llegado a lo alto de la montaña, en un lugar perversamente destacado de Montecubeiro, por haber sido enclave de numerosas ejecuciones sin juicio, y aún vivo Arximiro, los asesinos falangistas iniciaron un ritual de tortura: Le cortaron los testículos antes de morir y se los introdujeron en la boca. Luego le arrancaron los ojos. Tras esta cruel y sádica acción le dispararon varias veces con una escopeta de caza, como se comprobó al hallar su cadáver con la cabeza totalmente destrozada. Fue torturado brutalmente y asesinado el 16 de octubre de 1937, cuando contaba tan solo 32 años. Arximiro estaba cursando estudios de Medicina para seguir curando a personas como hacía habitualmente. He aquí la diferencia, unos sanaban personas, mientras otros matan.
Justicia divina o broma macabra, unos días después de su brutal asesinato, le llegó una carta en la que se le indicaba que ya podía reintegrarse a su plaza como maestro nacional (lo habían suspendido temporalmente, como a tantos maestros republicanos).

*El cura y la enemistad con Arximiro
Aunque Rico Taboada era un católico ferviente y practicante, tenía ciertas enemistades con un clérigo de su tiempo que le acusó de haberles enseñado a muchos niños a leer y a escribir hasta el punto de que “cualquier mocoso -en palabras textuales del cura- puede hacer un escrito y denunciar a su padre. Mejor sería que supiese rezar el padrenuestro”.
*La lista de los 65 a aniquilar
Arximiro fue víctima inocente del ciego y cruel fascismo. En octubre de 1937, en la zona de montaña de esta parte de la provincia de Lugo, dos guardias civiles fueron abatidos en un enfrentamiento con un grupo de huidos a los montes para sobrevivir al hambre generalizada y otras calamidades consecuencia de la guerra civil que se estaba librando en España. Como escarmiento, los falangistas, con la colaboración de un cura de la zona, confeccionaron una siniestra lista con 65 nombres que debían ser aniquilados en breve. En esa lista, estaba Arximiro.
En 2003 se erigió en Montecubeiro un monolito de diez toneladas de peso en recuerdo “de las 15 personas inocentes asesinadas por el fascismo”. La piedra se halla de espaldas a la iglesia parroquial. Ahí figura, esculpido con el material de la bondad y la piedra de las grandes personas honradas y humanistas, el nombre de un maestro de la República, un hombre culto, honrado, bueno e inteligente: Arximiro Rico Trabada. Tenía 32 años.
En: elplural.com

-Represión contra las mujeres de la Ribera navarra en la Guerra Civil.
El asesinato fue solo una de las formas de represión. Hubo violaciones, humillaciones, suspensiones de empleo y sueldo, palizas, expulsiones, juicios, requisas, cortes de pelo e incluso reglas en la forma de vestir.
Pocos estudios analizan la represión sistemática que se produjo sobre las mujeres y que, más allá de los asesinatos, cobró múltiples formas, desde la simple presión social, hasta controlar su vida, forma de vestir o su trabajo. En Villafranca, una jaula encima de un carro esperaba a la diputada socialista Julia Álvarez si hubiera sido apresada para pasearla al grito de “¡muera la puta del Congreso!”.
En todas las localidades existían listas. En el caso de Tudela aparecían reflejadas las personas a las que querían expulsar de la ciudad firmadas por el coronel Pérez Salas (más tarde nombrado hijo adoptivo de Tudela), en las que se les acusaba de ser “socialistas”, “chulos” o “agitadores de masas”, pero también por ser “prostitutas” o “corruptoras de menores”. En esos listados, de unas 50 personas, se encontraban también 11 mujeres. Algunas fueron detenidas, otras fusiladas y el resto represaliadas. Muchas de ellas estuvieron en la cárcel después de aparecer en la lista, fechada en agosto de 1936: María Gascón Delmas “prostitución clandestina y agitadora de masas”, Tomasa Huete “agitadora de masas”, Simona León “prostitución clandestina y corrupción de menores”, Jesusa Ruiz Melero “propagandista agitadora”, Raimunda Cassi Xouxe “indeseable”, Carmen (encargada del Gurugú) “indeseable”, Rafaela González Gil, Paula Martínez Anguiano, María Teresa González, María Munárriz Jiménez y María Pérez González.
El ambiente en Tudela para muchas familias era irrespirable. Las sacas eran diarias y por las noches se oían algunos tiros en la lejanía. Había hombres y mujeres que se acostaban esperando escuchar los frenos de la llegada de una camioneta a la puerta de su casa o de la cárcel. Muchas viudas, hermanos, hijos o incluso hombres, que días después fueron fusilados, acudieron a dejar joyas de oro para el ejército Nacional como María Teresa Navazo (viuda del coronel Moracho) o los tudelanos Joaquín Meler o los hermanos Carrascón. No estar en esas colas era otra forma de estar sentenciado.

Hubo también muchas mujeres que no aguantaron los abusos y humillaciones y decidieron abandonar el país, la mayoría no volvieron. Entre ellas se encuentran Presentación Cruchaga Valdemoros, María del Carmen Ruiz Clemente y Carmen Salcedo Pérez (Tudela), María Asuncion Chiquirrín (Arguedas), Cándida Lafraya (Milagro), Vicenta Jiménez Buñuel y Petra Mateo Almendáriz (Corella), Petra Layo Cascante (Cortes), Arcadia Arrondo de Alonso (Cascante), Generosa Alcalá Ruiz (Valtierra) y Julia Álvarez Resano, María del Carmen Álvarez Resano, Nemesia Resano, Librada Muñoz García, Rafaela García Giménez y Eustaquia Echeverría Bretos (Villafranca). Otras, siendo niñas, fueron evacuadas a Rusia para no volver hasta los años 60 o incluso más tarde como las hermanas Osta Bermejo, María García Barrón o Dolores Ferreiro Rueda.
Durante la guerra nadie podía salirse del guion establecido y marcado que señalaba hasta la forma en que se debía saludar o vestir, especialmente a la mujer. En los periódicos y en los púlpitos se llegó a acusar a la mujer de ser culpable del inicio de la guerra por ser demasiado alegre en la indumentaria. Se creó la campaña contra la “inmodestia”, impulsada por un grupo de mujeres, guiadas por quienes vestían con sotana. El Requeté publicó el 23 de mayo de 1937 “ha llegado el momento más oportuno para que comience la campaña contra la inmodestia en el vestir. La gran tragedia que hace unos meses aflige a nuestra patria ha debido hacernos pensar sobre las causas más o menos inmediatas de esta inmensa catástrofe. ¿Podrían todas las mujeres de Tudela, puesta la mano sobre el corazón, asegurar que con su manera de vestir no han contribuido a encender esta inmensa hoguera de la guerra que tantas ruinas materiales y morales han acumulado en tan corto espacio de tiempo? ¡En el frente tanto heroísmo, tanta sangre derramada, tanta vida rota en plena juventud; en la retaguardia tanta frivolidad, tanta inmodestia en el vestir! ¡Ellos tanto, nosotras tan poco!”.
Para ello quedaba “fuera de la moral cristina”, a partir de ese momento, “todo vestido con aberturas o transparencias” y se obligaba a que la parte superior “se ajuste al arranque del cuello sin ningún otro escote” y que la “parte inferior no diste del suelo, estando de pie la persona, más de 25 ó 30 centímetros, según la altura de la pierna y cuyas mangas cubran hasta el codo inclusive”. Bajo el grito de “Únete a la Cruzada de austeridad y modestia. España ha de encontrarse a sí misma” se pedía decoro en en el “vestido y arreglo personal, porte, ademanes, hablar, diversiones y costumbres”. Por todo ello el rapado de mujeres era doblemente señalador e injurioso. El pelo era un símbolo de feminidad que se arrebataba a las mujeres de izquierdas como humillación y del poder que se ejercía sobre ellas. En Corella, Villafranca, Valtierra, Buñuel, Murchante y muchas otras localidades se exhibía a las mujeres rapadas como una condena o como un trofeo, sacándolas incluso al balcón del Ayuntamiento para público escarnio…